martes, 22 de julio de 2008

CAMINO AL SANTUARIO*


Uno de los recuerdos que más vivamente conservo de mí niñez, es el camino de Carrión, camino que todos los años llegado el mes de Junio, recorríamos mis padres, mi hermano y yo, no ya por promesa, sino por fiel costumbre.

Para mí aquella caminata siempre se hacía corta, pues iba jugando con mi hermano, y he de reconocer que nunca me alejé en mi correría de mis padres, ya que he confesarles que aquella calleja me imponía, pues era tal la belleza sombría de sus paisajes, que sentía temor, un temor que me hacía estar alerta y mira de reojo cada portillo que nos encontrábamos en las maltrechas paredes que la bordeaban.

Mis temores cesaban cuando allá a lo lejos se veía el siempre blanqueado santuario de Carrión, entonces me sentía reconfortado por llegar a nuestro destino.

La ascensión por las escaleras de la ermita era algo grandioso, al cruzar la verja yo no me importaba el cansancio del camino, sentía una paz interior indescriptible; siempre le atribuí un halo de magia y misterio a ese lugar.

El reencuentro con la Virgen de Carrión era casi místico; las risas y los juegos de mi hermano y míos cesaban, mi padre y mi madre guardaban silencio, con una profunda satisfacción de estar ante ella como todos los años, y eso se reflejaba en sus rostros. Instintivamente, sin saber porque, me arrodillaba y comenzaba a musitar entre diente un Padrenuestro y un Ave María, que por entonces aún no me sabia de carrerilla.


Estando ante ella no importaba el largo camino realizado, ni el calor, ni la escuela a la que tenía que volver el lunes. Todo se olvidaba, todo era silencio, todo era tranquilidad y quietud; todo era paz.


Como es preceptivo, una vez encendidas unas cuantas velas, a las que casi no lograba alcanzar a encender, salía de la ermita deseando ponerme en marcha para llegar a mi casa, con más fuerzas aún para jugar con mi hermano en el camino de vuelta. Un último vistazo atrás desde el puente suponía el adiós al que para mí, como antes dije, era y es un lugar mágico.

Esos eran los sentimientos de un niño que sin saberlo, vivía plenamente lo que entiendo, puede llamarse fe; unos sentimientos de paz que se renuevan cada vez que subo las escaleras de la ermita y me encuentro arrodillado ante mi pequeña señora, la Virgen de Carrión.

Jesús Lara Bueno.
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Artículo publicado en septiembre de 2003 en la revista de las “Ferias y Fiestas en Honor a la Virgen de Carrión”. (Septiembre de 2003)

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